«[Jesús] fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. » (Romanos 4:25)
La Semana Santa es el evento central del calendario cristiano. Algunos podrían pensar que la Navidad es más importante: luces, celebraciones y regalos. Sin embargo, la Biblia muestra otra realidad. El nacimiento de Jesús se narra en dos Evangelios (Mateo y Lucas), mientras que su muerte y resurrección aparecen en los cuatro y atraviesan toda la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Lo que conmemoramos en Semana Santa es el corazón del cristianismo. Allí se encuentra el centro de nuestra fe, de nuestra doctrina y de nuestra vida. En los primeros siglos de la iglesia, esta centralidad era tan clara que los bautismos se realizaban una sola vez al año: en la Vigilia Pascual, la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección. Los nuevos creyentes descendían a las aguas como símbolo de muerte, y salían de ellas como señal de vida nueva en Cristo. Era una forma visible de proclamar la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte.
El apóstol Pablo resume el Evangelio afirmando que consiste en «que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co 15:3-4). No hay un mensaje más profundo, transformador y liberador que este.
Jesús, Dios hecho hombre, vino para salvarnos (Is 35:4). Él se entregó voluntariamente por nuestros pecados. El justo murió por los injustos (1 Pe 3:18). Como había sido anunciado, cargó con nuestras enfermedades, llevó nuestros dolores, fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados (Is 53). En la cruz, Cristo pagó el precio de nuestra redención, algo que nosotros jamás podríamos haber hecho por nosotros mismos. Ese es el amor de Dios: un amor que llega hasta la muerte para salvar.

Pero una muerte en cruz, por sí sola, no bastaría para cambiar la historia. Muchos han muerto injustamente. ¿Qué hace diferente la muerte de Jesús? La respuesta está en la segunda parte del mensaje: la resurrección. Jesús «fue resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). La resurrección es la confirmación definitiva de quién es Él y de lo que logró en la cruz. No es un detalle adicional, sino la prueba decisiva de que su sacrificio fue aceptado y su identidad vindicada (Ro 1:4).
Jesús mismo lo anunció: tenía autoridad para dar su vida y para volverla a tomar (Jn 10:17-18), y prometió que resucitaría al tercer día. Al levantarse de entre los muertos confirmó que todo lo que dijo era verdad. Abrió el camino a la vida eterna y aseguró nuestra esperanza.
Por eso en el relato de la resurrección aparece una pregunta que resuena hasta hoy: «¿Por qué lloras?» (Jn 20:73, 75). Es una pregunta profunda. A la luz de la tumba vacía, el dolor ya no tiene la última palabra. Cristo ha vencido. El pecado ha sido perdonado, la muerte ha sido derrotada, y la esperanza ha sido restaurada.
Esto no significa que no haya lágrimas, sino que ahora hay una esperanza que las atraviesa. En Cristo encontramos libertad, paz y vida nueva. Conocemos al que es el camino, la verdad y la vida.
En estos días, más allá del descanso o las tradiciones, la invitación es a detenerse y reflexionar. Recordar que hemos sido rescatados no con cosas pasajeras, sino con la sangre preciosa de Cristo (1 Pe 1:17-21). Vivir a la luz de esa verdad, con fe y esperanza en Dios, quien levantó a Jesús de los muertos. Cristo ha resucitado y eso lo cambia todo. I Samuel Aran
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